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¿Y si la ansiedad fuera una forma de no sentir?

Cuando hablamos de ansiedad, solemos hacerlo desde un lugar: queremos que desaparezca. Queremos entenderla, controlarla, reducirla. Queremos dejar de pensar, tranquilizar el cuerpo y volver cuanto antes a sentirnos bien. Y tiene sentido: la ansiedad puede ser profundamente desagradable. Pero, ¿y si la ansiedad también fuera una forma de evitar sentir otras cosas? ¿Y si apareciera como una forma de no contactar con aquello que nos duele?

No quiero decir que toda ansiedad esconda una emoción reprimida, ni que quien tiene ansiedad esté evitando algo conscientemente. La ansiedad es compleja y tiene múltiples causas. Sin embargo, lo que sí planteo es la idea de que la ansiedad quizás puede funcionar, en algunas ocasiones, como un mecanismo para alejarnos de experiencias internas que nos resultan difíciles de tolerar. Y esto nos invita a que, en lugar de preguntarnos, “¿cómo puedo hacer para no tener ansiedad?”, podamos cuestionarnos qué está ocurriendo dentro de mí cuando aparece.

Algunas respuestas asociadas a la ansiedad, como la preocupación o la necesidad de control, pueden tener que ver con esto. Porque sí, a veces es más fácil pensar que sentir. Podemos pasar horas pensando sobre una emoción sin llegar realmente a conectar con ella: “¿por qué me ha afectado tanto esto?, ¿y si ocurre esto otro?, ¿debería haberlo hecho diferente?, ¿y si lo hice mal? …”. Estos son algunos ejemplos de análisis que podemos hacer cuando estamos ansiosxs.

Y mientras tanto, quizá debajo de todo eso haya tristeza, miedo, enfado, decepción, incertidumbre…

Borkovec y Roemer (1995), ya planteaban en sus investigaciones sobre la preocupación que, en algunas personas, preocuparse puede funcionar como una forma de distraerse de temas emocionalmente más dolorosos. Es decir, a veces pensamos para no sentir. A veces la ansiedad puede formar parte de ese intento de evitar entrar en contacto con esa emoción.

Desde la terapia Gestalt, el foco no está en eliminar lo que sentimos, sino en darnos cuenta de lo que está ocurriendo en nosotrxs y en nuestra relación con el entorno. El contacto con la experiencia del presente es clave, así como darnos cuenta de las diferentes maneras en las que estamos interrumpiendo o evitando ese contacto cuando algo nos resulta demasiado difícil. A veces nos vamos al pensamiento, otras nos mantenemos ocupadxs, intentamos controlarlo todo, anticiparnos a los acontecimientos, racionalizar o buscar certezas de forma desesperada. Y sin darnos cuenta, nos alejamos de aquello que está ocurriendo aquí y ahora (Perls, Hefferline y Goodman, 1951).

Y hay algo real en esto: alejarnos o distraernos de la emoción funciona. Al menos durante un rato. Puesto que, si estoy triste y me mantengo ocupadx, no voy a notar esa tristeza. Si algo me preocupa y compruebo una y otra vez que todo está bien, siento alivio. Si tengo miedo y necesito tenerlo todo bajo control, quizá me sienta más segurx. El problema aparece cuando necesitamos hacer esto cada vez que algo nos incomoda. No sentir no es lo mismo que estar bien. También podemos aprender a esconder las emociones. A racionalizarlas. A decirnos que “no es para tanto”. A intentar que no se noten. Pero que una emoción no se vea, no significa necesariamente que haya desaparecido.

La investigación de James Gross (1998) sobre regulación emocional mostró, por ejemplo, que suprimir la expresión de una emoción puede reducir lo que mostramos hacia fuera sin reducir necesariamente lo que estamos experimentando por dentro. Por eso es importante distinguir entre regular una emoción y luchar contra ella.

Aceptar que estoy enfadadx no significa que tenga que actuar desde el enfado. Aceptar que tengo miedo no significa que tenga que hacer todo lo que el miedo me pide. Aceptar una emoción significa, simplemente, poder reconocer: “Esto es lo que estoy sintiendo ahora mismo.” Y poder quedarme ahí un poco más, sin luchar ni intentar que desaparezca cuanto antes.

Entonces, ¿qué hay debajo de la ansiedad? No siempre habrá algo. Y no siempre necesitamos encontrarlo. Pero quizá, cuando aparezca ansiedad, podamos hacernos alguna pregunta diferente: ¿Qué estoy sintiendo, además de ansiedad? ¿Miedo, tristeza, enfado, desesperanza…? ¿Hay algo que estoy intentando controlar porque me cuesta tolerar no saber qué va a pasar? ¿Hay algo que necesito sentir y que llevo tiempo intentando evitar?

No se trata de buscar una emoción escondida detrás de cada síntoma. Se trata de aprender a mirar nuestra experiencia interna con un poco menos de miedo y un poco menos de necesidad de controlarla. Quizá no necesitemos sentir menos.

No podemos decidir qué emociones van a aparecer, pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra manera con ellas, y poder preguntarnos: “¿Qué está pasando dentro de mí y qué ocurre si, por un momento, dejo de intentar que desaparezca?”

Porque a veces detrás de la ansiedad habrá algo que necesitamos resolver. Pero otras veces quizá haya algo que necesitamos sentir. Y aprender a hacerlo no significa dejar de luchar contra la ansiedad. Significa empezar a dejar de luchar contra nosotrxs mismxs.

 

Referencias bibliográficas

Borkovec, T. D. & Roemer, L. (1995). Perceived Functions of Worry Among Generalized Anxiety Disorder Subjects. Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry, 26(1), 25–30.

Gross, J. J. (1998). Antecedent-and response-focused emotion regulation: divergent consequences for experience, expression, and physiology. Journal of personality and social psychology, 74(1), 224.

Montalvo, D. C. (2017). Teorías de la ansiedad en la terapia Gestalt. Poiésis, (33), 46-57.

Perls, F., Hefferline, G., & Goodman, P. (1951). Gestalt therapy. New York, 64(7), 19-313.

Perls, L. (1992). Concepts and misconceptions of Gestalt therapy. Journal of Humanistic Psychology, 32(3), 50-56.

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